CRÍTICAS

Sin título

 

Entrevista en El País. Bolivia  por Alejandro Aráoz

                                        8 de abril 2016

Entrevista en Lima a Escena por Rosana López Cubas Lima-en-Escena (1)

24 de febrero 2016

 

Sin título

Toni Rumbau. Titeresante.es

6 de enero 2013

                Se ha podido ver estos días de principios de 2013 dentro de la programación “Titelles al Barri de la Ribera”, en una doble iniciativa de La Puntual y del Teatro del Atelier de Barcelona, el espectáculo de la peruana Ana Santa Cruz “Revoltosas Manobritas”, dirigido a todos los públicos. Hay que decir, en primer lugar, la oportunidad de estos espacios que programan obras llegadas de América Latina con una cierta regulartidad -a los que abría que sumar la Casa-Taller de Marionetas de Pepe Otal, otro punto sensible a las novedades transoceánicas-, pues nos permiten hacernos una idea de por donde van los tiros en aquellas latitudes, en unos momentos dulces para los títeres en los países hispanoamericanos.

                                   Son pocos los trabajos que nos llegan de Perú, y de ahí el interés de estas Revoltosas Manobritas que nos ofrece Ana Santa Cruz, cuyo exquisito trabajo debe enmarcarse en la órbita de influencia de esos increíbles mimos-titiriteros que son Hugo e Inés, instalados desde hace años en Lima. En efecto, la técnica utilizada por la titiritera peruana se inscribe en los hallazgos desdoblatorios del mítico grupo croata-peruano en el uso de las manos y de partes del propio cuerpo para dar vida a personajes que complementan al del titiritero. “En el caso que nos ocupa, Ana Santa Cruz consigue crear un mundo de dobles suyos profundamente enraizados en la música y la cultura popular actual de Perú. Sus personajes, bien marcados por una impecable labor de manos, asoman de la periferia corporal de la titiritera a modo de esbozos, apuntes y perfiles que tienen la gran virtud de ampliar su presencia, compulsívamente inclinada a dotarse de otras voces y formas. De hecho, creo que puede hablarse de una dualidad clara, marcada por una segunda voz distorsionada en falsete que da vida a la mayoría de las figuras que emergen de las manos.”

                                            En este sentido, creo que es posible hablar de una unidad argumental del espectáculo -estructurado en números que se van sucediendo uno tras otro- basada precisamente en este afán desdoblatorio de la titiritera que a medida que avanza el espectáculo, se va afirmando y explicitando, con personajes cada vez más definidos -como el de la vieja, uno de los más logrados, o el de la coliflor convertida en una doble presumida y marchosa- hasta llegar al número casi final del personaje formado con sus propias piernas, manos y pies, cuya cabeza es una simple gorra, y que está marcado por un cierto “destape” de la titiritera, que ha ido perdiendo su pudor inicial hasta llegar a esta escena de seducción sexual que acaba sublimada en una cariñosa muestra de instinto maternal hacia la figura.

                                Un trabajo de muchas posibilidades teatrales y cabareteras, que tiene la gran virtud de desarrollar una temática “profundamente titiritera”, cuál es la de desdoblarse en otros partiendo del propio cuerpo y de pequeños objetos transformadores (bolas, zapatitos, cajitas, telas, coliflores…), sin necesidad de recurrir a los títeres “ya hechos” propiamente dichos. Ver como cada personaje se arma en directo y a la vista del público es otro de los elementos más interesantes del espectáculo. Las dotes desdoblatorias y la agradable presencia escénica de Ana Santa Cruz, constituyen, sin duda alguna, el mejor sostén y las garantías de un trabajo de exploración y de largo recorrido sobre estas temáticas nada fáciles de tratar.

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Carlos Tomás Temoche V.

Si intentásemos clasificar el maravilloso trabajo de Ana Santa Cruz en esta obra, diríamos que está dentro del comportamiento orgánico de la actriz, que usa su cuerpo como fuente de sonido y movimiento, donde no se esconde la técnica y todo el artificio está en close up. Ana se presenta a la manera de los bunrakus orientales, con un traje negro neutro y no sólo se ve la forma de manipular los títeres ¡ que son sus manos ¡, ella también interviene dialogando con los personajes o siendo sonoplástica espectadora de las pequeñas historias que lleva a escena. Sale y entra en las historias y nosotros, con nuestra complicidad imaginaria, la acompañamos empáticamente adonde quiera llevarnos. Una nueva y novedosa forma de comunicación sensorial de esta aprovechada discípula del gran Hugo Suárez. La comunicación con Hugo es con las manos, rodillas, ombligo, hombros; Ana usa preferentemente, las manos. Las manos de la que nos habla Federico Engels en el origen del estado y la familia regresando al ombligo de la historia. Las manos abren y cierran la historia; las manos de los muñecos están tan diestra y sutilmente accionadas que hasta nos olvidamos que son sólo… manos. Estos muñecos actúan, profundizan, subrayan y , a veces el manipulador se desdobla : narra y en otras es interlocutor válido y llega a entrar en contradicción con sus propios personajes. Personajes humanos, tiernos y también locos; todos nos comunican los problemas de nuestro tiempo. Ana Santa Cruz, no sólo es diestra al manejar sus muñecos, sino muestra un presupuesto actoral aprendido en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Es el buen manejo de la voz con todos sus niveles semánticos. A veces, los personajes no son solo las manos, también es una inerte col, el vegetal ante el asombro de todos nosotros se convierte en una trasnochada cantante criolla que termina bailando con su manipuladora. A veces – por estos tiempos que nos ha tocado vivir – sus personajes pierden la cabeza, nos gustó la negretud de Drume negrita; el chico de ahora, de esos que escupen por los colmillos, que se camuflan detrás de lentes, entra en contradicción con una radio que no funciona. En otras historias salen hasta cuatro protagonistas en escena al mismo tiempo como en el caso de los enamorados. Pero el colmo de la audacia manipuladora es la presencia del simpático vendedor ambulante con varios compradores y una utilería ad hoc. Un espectáculo de esta naturaleza sólo puede presentarse de manera íntima y resulta que ahora toda la A.A.A. se ha convertido en un gran espacio mágico, territorio libre donde no sólo se usa el auditorio, también el patio, y en el caso de Manobritas, hasta la cafetería. También hay espacios variados para talleres, ¡ te pasaste Ximena ¡. Y lo bueno que todo grupo independiente que llega a nuestros lares puede presentarse en ese patio señorial y colonial, donde todavía se percibe el aroma a canela y fino grano de sal de Viruca Miro Quesada, Mocha Graña y Chabuca Granda, grandes animadoras de la AAA en sus inicios. En síntesis en la obra están presentes algunas características del teatro oriental nacionalizadas por Ana Santa Cruz. Presencia escénica, con personajes de fuerte visibilidad. Energía, los personajes también cantan, bailan; manipulan objetos de manera muy intensa y sutil donde están presentes el justo medio y la economía del gesto. La actriz entra en contacto con todo su cuerpo, como en el caso del chico en blue jean, con un montaje y desmontaje en vivo y en directo.- Finalmente, otra virtud es el manejo del equilibrio corporal cuando pensamiento, emoción y cuerpo de la actriz, están sincronizados con las manos para lograr la esencia del movimiento. Revoltosas triunfó en países europeos y latinos, todavía pueden verla todo el mes de Febrero en la AAA a las 8.30 p.m.  También pueden invitar a Anita al interior del país. Su visita será provechosa pues ella también da talleres y comparte fraternalmente sus conocimientos con todos los que le escriban. ¡ A toda vida ¡

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El Arte de Ana Santa Cruz. 

 20 de febrero de 2010

Por El Cosueta

                                                Una de las iniciativas que va logrando sus objetivos , a los tres años de su iniciación, es el Proyecto El Galpón, de Pueblo Libre. No cabe duda que la afición por el teatro se ha acrecentado en nuestra capital y que ya es posible llevar al público a otros distritos. Así lo entendió también el grupo Los Tuquitos cuando eligió hace algún tiempo la misma zona para su local.

                                                Una presentación en El Galpón, que termina la última semana de este caluroso febrero, es la de Ana Santa Cruz, delicada artista titiritera especializada en el trabajo de manos, con la creación de su unipersonal MANObritas.

                                                         Ana, en estos años, ha adquirido una gran experiencia tanto en nuestro país como en otros del mundo, domina pues su técnica y sabe entregarla con precisión al público. Su persona misma proyecta una gran ternura y simpatía, se integra a la ternura básica que despiertan los seres que van apareciendo como por arte de magia de la coordinación de sus manos apoyadas por elementos mínimos de utilería y vestuario, pequeños atuendos que sobredimensionan nuestra percepción y nos hacen sentir como los gigantes viendo a Gulliver.

                                                      El espectáculo concatena una serie de breves historias sobre personajes de la ciudad. En un logrado tono humorístico ganan y pierden cabeza, cuerpo y extremidades al conjuro de la acertada manipulación de Ana. Es un trabajo muy bien logrado en el plano técnico. Pero, el espectáculo no explota plenamente las dimensiones poéticas de las presencias que crea y las deja en un tono realista que, si bien divierte, no alcanza los planos profundos a los que se puede llegar con este tipo de manipulación.

                                                         Le corresponde a Ana, sensible e inteligente como es, encontrar los niveles poéticos que extrañamos en su dramaturgia. Todo podría partir, sugerimos, de un estudio minucioso de aquello que pueden hacer sus personajes y que no podrían hacerlo títeres de guante, de hilo o de vara. Porque la participación del propio cuerpo en la creación de estas vidas posibilita una concreción más metafórica que retórica. No porque lo retórico no pueda ser poético, entendámonos, sino porque la metáfora es una manera más intensa de aludir la realidad. Trascender a lo poético es transformar la realidad, metaforizarla es encontrar los aspectos donde las formas del mundo revelan al ser que ellas simbolizan y nos hacen acceder a conceptos universales que nos iluminan.

Por ejemplo, cuando comienza el espectáculo Ana lleva un sombrerito cuya visera anula la presencia de su rostro, que es altamente expresivo. Esto permite poner en primer plano el nacimiento de los pequeños personajes. Pero cuando su rostro se descubre y se integra al espectáculo, e inclusive llega a alternar con las picardías de los pequeños, no se explota lo que en esos momentos podría alcanzarse en el plano existencial y la historia se mantiene en un nivel anecdótico.

                                                    Ana Santa Cruz que nos seduce con sus precisiones de oficio, que revelan su sensibilidad artística indiscutible, no necesita más que ponerse a sondear en sí misma y escuchar lo que puede dictarle su creatividad, para llegar a lo que hoy es presentimiento. Entonces, apoyadas en su dominio técnico, surgirán las imágenes que nos revelarán los ecos sutiles de belleza y armonía que estamos seguros puede brindar el despliegue de su alma.

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